viernes, 7 de septiembre de 2012

Viaje en Tren


Difícil muchas veces es creer que tenemos problemas pequeños, sí, son pequeños comparados con los de muchas otras personas.
No hace muchos días venía de un entrenamiento para un empleo nuevo, tomé el metro en la california y mi destino era la estación plaza sucre para llegar a mi casa. En total debía recorrer 18 estaciones de 2 minutos en cada una aproximadamente sin sumar el retraso que había a esa hora en la línea 1. Eran las 5:30 pm y yo debía luchar por sentarme dentro del vagón que se encontraba full ya que tenía un fuerte dolor en una pierna debido a mi enfermedad.
Yo en ese momento iba calculando en mi mente como pagar todos mis gastos con el poco dinero que tenia. No me alcanzaba para nada evidentemente…  En enfrasque en eso unos 20 minutos sin pensar en nada mas, aún omitiendo el dolor que no me permitía movilizar mi pierna. En todo momento estuve pensativa esperando que resolvieran el retraso en los trenes para que pudiera seguir avanzando. 
De pronto, en Chacaíto, milagrosamente el chico que estaba sentado frente a mi se levantó de su asiento para quedarse en esa estación. Logré al fin sentarme, aunque con un poco de dificultad pero ya me sentía mejor. Me dispuse a mirar mi celular para percatarme de la hora y en eso vi al frente y había un señor  sentado al lado de las puertas del vagón.
Reflejaba cansancio y un sentimiento de pena bastante extremo. Tenía un físico muy parecido a mi profesor de Formación Humano Cristiana II. ¡Vaya coincidencia! Es que hasta la barba era muy parecida… Su mirada era casi fúnebre, cargaba puesta una franela azul clara sucia y desgastada, con un jean muy sucio y rasgado en los ruedos. No me detuve mucho en eso  porque cualquiera puede tener la ropa así, un albañil, un obrero, un constructor o un mecánico. Cuando iba a quitarle la mirada de encima noté que llevaba consigo un par de muletas y que se sentaba de una manera un tanto incómoda, igual que yo.
Noté a una señora que se quejaba de mi por ser joven y estar sentada: “Lo que uno tiene que calarse de los jóvenes de hoy en día”. Sin saber el por qué yo estaba sentada en lugar de cederle mi puesto a alguien mas. “Lo peor de todo es que se hacen los sordos”. A palabras necias oídos sordos, me dije a mi misma. No le tomé importancia, de todos modos dijera lo que dijera no me iba a parar, aunque ya había sido etiquetada por medio vagón como La carajita maleducada y egoísta que no cede el puesto. Aunque me pareció en algún momento que la señora que estaba armando esa “revolución” estaba mucho mas saludable que yo, ya que tenía tanto vigor en la lengua y a mi el dolor apenas me dejaba aguantar las lágrimas, nada mas quería llegar a mi casa.
A mi izquierda, diagonal a mi asiento; se encontraba una chica, por su aspecto era contemporánea conmigo, iba vestida como para alguna actividad física. Llevaba un morral grande y una cartera pequeña de medio lado. Iba revisando su celular (que era igual al mío), mientras leía y escribía brotaban lágrimas de sus ojos, me produjo tristeza, me di cuenta en ese momento que aunque ella era ella y yo era yo, ella era blanca y yo morena, que ella tenía el cabello largo y yo corto, éramos iguales, teníamos preocupaciones. De igual modo, se secaba las lágrimas inmediatamente, igual que yo y trataba de mantener una buena cara. Me explico, suele suceder que cuando lloras en el metro, las 120 personas (aprox.) que se encuentren en el vagón te miran fijamente. Entonces, es preferible no demostrar un coño, porque no lo hacen por ayudarte sino por curiosear.
Por último, logré ver a una muchacha de unos 23 años cuando mucho. Cabello crespo, piel oscura, vestida con una blusa blanca, no vi su pantalón porque me encontraba un poco lejos de ella y había mucha gente obstaculizando mi vista.
Tenía un bebé de meses en los brazos que lloraba por el calor que hacía y su llanto incomodaba a algunos, la chica trataba de distraerlo de todas las maneras pero el bebé seguía llorando debido a que el calor era inclemente. (Olvidé mencionar antes que el aire acondicionado del vagón estaba averiado).
Sorprendentemente nadie le daba el puesto a la muchacha y su bebé era bien gordito, por lo tanto, pesaba… ya íbamos por capitolio y nada que se vaciaba el tren!
La señora que mencioné antes, seguía reclamándome con indirectas que no le di el puesto, en vez de pedirle a alguna otra persona (un hombre) que le diera el puesto a la muchacha con su pequeño. No, es más fácil formar peo por capricho que formarlo para ayudar realmente a alguien.
La muchacha lo hacía reír y enseguida lloraba, sacaba cantidades de teteros, cada uno con un contenido diferente, hasta que el niño se quedó dormido, en Caño Amarillo un muchacho bien amable que iba dormido, al despertar le dio el puesto a la muchacha que ya tenía los brazos cansados por el peso del niño y de la pañalera.
La vieja seguía enfrente de mí cada vez con indirectas más fuertes. Por lo que logré escuchar vivía en Propatria. Yo me bajaba 2 estaciones antes que ella. El operador del tren anunció mi estación ¡POR FIN! “Que tengan muy buenas noches señores usuarios, Estación Plaza Sucre”. Sentí que había escuchado a Dios en ese momento. Eran las 7:00 pm. Me levanté con dificultad, fui caminando a las puertas pero cojeando por el dolor, cuando se detuvo el tren y abrió las puertas salí del tren y me fui. De ahí me tocaba caminar como media hora hasta mi casa con ese desgraciado dolor que ya me tenía el fémur destrozado.
Al llegar a mi casa decidí escribir toda esta vivencia. Son cosas que suceden a diario y nadie las analiza. Nadie sabe las goteras que caen en otras casas. Y TODOS tenemos problemas pero debemos ser considerados con los demás porque no sabemos si sus problemas son mayores a los nuestros.  

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