Difícil
muchas veces es creer que tenemos problemas pequeños, sí, son pequeños
comparados con los de muchas otras personas.
No
hace muchos días venía de un entrenamiento para un empleo nuevo, tomé el metro
en la california y mi destino era la estación plaza sucre para llegar a mi
casa. En total debía recorrer 18 estaciones de 2 minutos en cada una
aproximadamente sin sumar el retraso que había a esa hora en la línea 1. Eran
las 5:30 pm y yo debía luchar por sentarme dentro del vagón que se encontraba
full ya que tenía un fuerte dolor en una pierna debido a mi enfermedad.
Yo
en ese momento iba calculando en mi mente como pagar todos mis gastos con el
poco dinero que tenia. No me alcanzaba para nada evidentemente… En enfrasque en eso unos 20 minutos sin
pensar en nada mas, aún omitiendo el dolor que no me permitía movilizar mi
pierna. En todo momento estuve pensativa esperando que resolvieran el retraso
en los trenes para que pudiera seguir avanzando.
De
pronto, en Chacaíto, milagrosamente el chico que estaba sentado frente a mi se
levantó de su asiento para quedarse en esa estación. Logré al fin sentarme,
aunque con un poco de dificultad pero ya me sentía mejor. Me dispuse a mirar mi
celular para percatarme de la hora y en eso vi al frente y había un señor sentado al lado de las puertas del vagón.
Reflejaba
cansancio y un sentimiento de pena bastante extremo. Tenía un físico muy
parecido a mi profesor de Formación Humano Cristiana II. ¡Vaya coincidencia! Es
que hasta la barba era muy parecida… Su mirada era casi fúnebre, cargaba puesta
una franela azul clara sucia y desgastada, con un jean muy sucio y rasgado en
los ruedos. No me detuve mucho en eso
porque cualquiera puede tener la ropa así, un albañil, un obrero, un
constructor o un mecánico. Cuando iba a quitarle la mirada de encima noté que
llevaba consigo un par de muletas y que se sentaba de una manera un tanto
incómoda, igual que yo.
Noté
a una señora que se quejaba de mi por ser joven y estar sentada: “Lo que uno tiene que calarse de los jóvenes
de hoy en día”. Sin saber el por qué yo estaba sentada en lugar de cederle
mi puesto a alguien mas. “Lo peor de todo
es que se hacen los sordos”. A palabras necias oídos sordos, me dije a mi
misma. No le tomé importancia, de todos modos dijera lo que dijera no me iba a
parar, aunque ya había sido etiquetada por medio vagón como La carajita maleducada y egoísta que no cede
el puesto. Aunque me pareció en algún momento que la señora que estaba
armando esa “revolución” estaba mucho mas saludable que yo, ya que tenía tanto
vigor en la lengua y a mi el dolor apenas me dejaba aguantar las lágrimas, nada
mas quería llegar a mi casa.
A mi
izquierda, diagonal a mi asiento; se encontraba una chica, por su aspecto era
contemporánea conmigo, iba vestida como para alguna actividad física. Llevaba
un morral grande y una cartera pequeña de medio lado. Iba revisando su celular
(que era igual al mío), mientras leía y escribía brotaban lágrimas de sus ojos,
me produjo tristeza, me di cuenta en ese momento que aunque ella era ella y yo
era yo, ella era blanca y yo morena, que ella tenía el cabello largo y yo
corto, éramos iguales, teníamos preocupaciones. De igual modo, se secaba las
lágrimas inmediatamente, igual que yo y trataba de mantener una buena cara. Me
explico, suele suceder que cuando lloras en el metro, las 120 personas (aprox.)
que se encuentren en el vagón te miran fijamente. Entonces, es preferible no
demostrar un coño, porque no lo hacen por ayudarte sino por curiosear.
Por
último, logré ver a una muchacha de unos 23 años cuando mucho. Cabello crespo,
piel oscura, vestida con una blusa blanca, no vi su pantalón porque me
encontraba un poco lejos de ella y había mucha gente obstaculizando mi vista.
Tenía
un bebé de meses en los brazos que lloraba por el calor que hacía y su llanto
incomodaba a algunos, la chica trataba de distraerlo de todas las maneras pero
el bebé seguía llorando debido a que el calor era inclemente. (Olvidé mencionar
antes que el aire acondicionado del vagón estaba averiado).
Sorprendentemente
nadie le daba el puesto a la muchacha y su bebé era bien gordito, por lo tanto,
pesaba… ya íbamos por capitolio y nada que se vaciaba el tren!
La
señora que mencioné antes, seguía reclamándome con indirectas que no le di el
puesto, en vez de pedirle a alguna otra persona (un hombre) que le diera el
puesto a la muchacha con su pequeño. No, es más fácil formar peo por capricho
que formarlo para ayudar realmente a alguien.
La
muchacha lo hacía reír y enseguida lloraba, sacaba cantidades de teteros, cada
uno con un contenido diferente, hasta que el niño se quedó dormido, en Caño
Amarillo un muchacho bien amable que iba dormido, al despertar le dio el puesto
a la muchacha que ya tenía los brazos cansados por el peso del niño y de la
pañalera.
La
vieja seguía enfrente de mí cada vez con indirectas más fuertes. Por lo que
logré escuchar vivía en Propatria. Yo me bajaba 2 estaciones antes que ella. El
operador del tren anunció mi estación ¡POR FIN! “Que tengan muy buenas noches señores usuarios, Estación Plaza Sucre”.
Sentí que había escuchado a Dios en ese momento. Eran las 7:00 pm. Me levanté
con dificultad, fui caminando a las puertas pero cojeando por el dolor, cuando
se detuvo el tren y abrió las puertas salí del tren y me fui. De ahí me tocaba
caminar como media hora hasta mi casa con ese desgraciado dolor que ya me tenía
el fémur destrozado.
Al
llegar a mi casa decidí escribir toda esta vivencia. Son cosas que suceden a
diario y nadie las analiza. Nadie sabe las goteras que caen en otras casas. Y
TODOS tenemos problemas pero debemos ser considerados con los demás porque no
sabemos si sus problemas son mayores a los nuestros.

No hay comentarios:
Publicar un comentario